LUIS XIV, EL REY SOL, FUE EL PRIMER HOMBRE QUE UTILIZÓ TACONES ALTOS
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Fascinado con sus nuevos zapatos, el monarca francés los prohibió al resto de la corte con la pena de muerte
Luis XIV, el Rey Sol, dueño de sí y del universo, sorprendió al mundo cuando instauró la monarquía absoluta en Francia. Luis XIV supo acallar, primero, y conquistar, después, las voces que, por aquel entonces, desaprobaban su reinado... Con el apoyo de su pueblo y la convicción de su autoridad divina, Luis XIV, tomó las riendas y gobernó en soledad los destinos de su país.
Tacones para compensar su pequeña estatura
[…] Realmente preocupado por su imagen y por su falta de estatura Luis XIV impuso algunas de sus costumbres en el vestir: enormes pelucas de pelo natural, mangas adornadas y, como no, sus famosos zapatos de tacón alto. Zapatos exquisitos y únicos elaborados siempre por su zapatero personal. Un artesano al que dio precisas instrucciones: refinados, aunque adornados con vistosos lazos, brocados y piedras preciosas; suelas de color rojo; tacones con una pequeña curvatura; bordados en plata con escenas de batallas [...] prohibió llevar el exclusivo modelo al resto de la corte y aquel que le desobedeciera sería castigado con la pena de muerte.
Extravagancias del Rey
En un momento en el que la fama de la monarquía estaba bastante debilitada tras dos rebeliones lideradas por la nobleza en contra de la corona, sólo un rey de fuerte personalidad podría hacerse con el dominio del país. Éste era, sin lugar a dudas, Luis XIV. Responsable, trabajador, organizado, meticuloso, lúdico... Y así durante 72 años, los que permaneció en el poder, más tiempo que ningún otro monarca. Las extravagancias de un Rey todopoderoso no tardaron en aparecer. Se estima que una media de cien personas, todos hombres, asistía, a diario, al despertar del Rey para presenciar el aseo, peinado, afeitado y desayuno del monarca. El almuerzo de Luis XIV, en un principio privado, se convirtió también en un acto público -similar al despertar- en el que los asistentes eran meros observadores. Pero, además, impuso puntillosas reglas que designaban la superioridad de aquellos que podían dirigirse a los grandes personajes, cuándo y dónde. Y es que para el monarca, el arte del aparentar era realmente primordial. De hecho, para ganarse los favores del Rey, aspectos como la belleza física o la posesión de fortuna suficiente para poder cambiar varias veces al día de indumentaria adquirieron suma importancia.
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